Cuando elegí estudiar Ciencias de la Comunicación en la UNAM, no tenía del todo claro a qué me dedicaría. En un principio me había inclinado por las ciencias políticas, tenía interés en incidir en algo, en reducir brechas; aunque verme en un partido político no era algo que me entusiasmara, por lo que quería algo más flexible, es ahí donde entró la comunicación. Publicidad si quería el lado creativo, comunicación política si quería la causa social, y como desde la prepa el periódico era parte de mi día a día, tener mi propio espacio de opinión algún día también se veía muy atractivo. Lo que no anticipé es que esa amplitud también era su trampa.
La ambigüedad de la comunicación sólo se hizo más evidente durante la licenciatura, en especial al abordar si es ciencia, disciplina o de qué se trata. El ámbito laboral ya se veía sinuoso, pero dentro de todo, parecía tener lógica. Grave error.
Y es que cuántas veces no escuchamos en las empresas: es un problema de comunicación, falta comunicación, se necesita comunicación. Todo parece ser comunicación, pero ¿y el de comunicación?
El de comunicación contribuye al lanzamiento de un producto o una inversión, pero no es quien lo define ni quien lleva la estrategia comercial. Apoya al marketing en el posicionamiento y los eventos, pero no es marketing. Trabaja para atraer y retener talento, pero no es recursos humanos. Apoya a ventas en la promoción de los productos, pero no es ventas. Y así podría continuar la lista. Entonces, ¿todo es comunicación, pero no se necesita al de comunicación?
Esa incertidumbre no sólo agobia al de comunicación, es algo que en muchas ocasiones viene de los mismos líderes y colegas que no tienen claridad de su función. Y así se vive, cercano a marketing, a recursos humanos, a ventas, sin depender de ellos, colaborando con ellos, pero en ambigüedad.
A la ya de por sí incierta situación se suman los malos comunicadores, los cuales aprovechan esos vacíos para presentarse como expertos, prometer resultados y vender acciones, pero acaban vendiendo humo. Cuando son descubiertos ya suele ser demasiado tarde, la posición ya está dañada, y es necesario restablecer la confianza.
Y es que el buen comunicador no es el que te entrega un comunicado de prensa, el que organiza un evento, me atrevería a decir que incluso tampoco es el que te apoya durante la gestión de una crisis. El buen comunicador es aquel que es capaz de llevar a cabo análisis de la situación y sintetizarlo a través del lenguaje para conciliar voluntades.
Es esa conciliación la que permite que algo de interés para una empresa lo sea también para la prensa, pero posicionando los mensajes. Es lograr que las diversas áreas entiendan que trabajan por un mismo objetivo y cada uno de ellos es necesario. Es el que es capaz de concatenar la información, darle sentido, hacer que las flechas dispersas se conviertan en un haz indestructible.
Porque el de comunicación es el que a través del lenguaje suma voluntades hacia un objetivo. No siempre para inspirar, a veces para amortiguar el golpe, para informar con precisión. Pero su arte es siempre cómo emplear la comunicación para que las voluntades se muevan. Es la razón por la que seguimos creyendo en la política, enamorándonos de Hollywood y comprando con la publicidad.
Su parte es muy intangible, y por lo mismo difícil de conseguir bien. Pero cuando funciona, se nota. Y esa es la diferencia entre un profesional que aparece y uno que deja huella.